El pasado 7 de marzo de 2026, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, encabezó una cumbre a la que llamó, extrañamente, “Escudo de las Américas”. En ella se reunieron doce dirigentes latinoamericanos para abordar, supuestamente, temas como seguridad, migración y narcotráfico.
La Cumbre “Escudo de las Américas”, celebrada en Doral, Florida, estuvo enfocada según su agenda en la cooperación contra el crimen organizado y la migración. La misma contó con la presencia de los presidentes más conservadores de la región y, como era de esperarse, entre ellos el presidente dominicano Luis Abinader.Resulta cuestionable hablar de seguridad, migración y combate a los cárteles del narcotráfico cuando se deja fuera a México, país con el que Estados Unidos comparte una extensa frontera y por tanto una fuerte migración, así como a Colombia y Venezuela, cuyos presidentes han sido hostigados permanentemente y acusados, sin pruebas, de vínculos con el narcotráfico. A ello se suma el tristemente célebre episodio del 3 de enero, cuando, violentando la soberanía de un país libre, se secuestró a su presidente y a su esposa.
Es un hecho deleznable y éticamente inaceptable la actitud de los jefes de Estado y de gobierno que participaron en esa cumbre, hasta el punto de provocar risa ante lo dicho por el presidente Trump sobre el idioma español. Cito: “No voy a aprender su maldito idioma, no tengo tiempo.”
Una declaración de ese tipo debió generar un rechazo inmediato y contundente por parte de los asistentes y, al menos por dignidad, provocar una declaración pública de protesta.
Más que una cumbre para la cooperación, el llamado “Escudo de las Américas” terminó pareciendo una reunión donde, de un lado, se bajan líneas y, del otro, se baja la cabeza.
Comprender la dependencia económica, comercial y política que mantienen nuestras naciones con respecto a Estados Unidos no implica renunciar a toda voz propia en el escenario internacional. Existen límites éticos y responsabilidades frente a la comunidad de naciones a la que pertenecemos que obligan, al menos, a exigir sensatez y a llamar a detener esa escalada de agravios contra los pueblos de la religión .
Guardar silencio absoluto ante un bochorno como ese, así como ante cualquier situación irracional que afecte a toda una región, es más que una forma de manifestar apoyo político: es una genuflexión.
Lo ocurrido en la cumbre de Doral, Florida, en presencia de alrededor de una decena de mandatarios de países de habla hispana, evidencia no solo un reordenamiento geopolítico en el hemisferio, sino también la naturaleza profundamente desigual de las relaciones entre el poder hegemónico y sus aliados regionales.
En un mundo atravesado por tensiones sociales, conflictos, guerras y profundas desigualdades, preocupa que decisiones de gran impacto para millones de personas en particular para nuestra región, estén sujetas a la visión de una personalidad egocéntrica, que parece moverse más por impulsos de poder o supremacía que por el respeto al derecho internacional y a la dignidad de los pueblos.
Frente a este panorama surgen preguntas inevitables:
¿Hasta qué punto los gobiernos latinoamericanos están dispuestos a sacrificar su voz en nombre de una supuesta seguridad hemisférica o de privilegios comerciales?
¿Puede hablarse realmente de cooperación cuando unos imponen las líneas a seguir y otros simplemente las acatan?
¿Dónde queda la dignidad política de nuestros dirigentes cuando se toleran expresiones de desprecio hacia nuestra lengua, nuestra cultura y nuestras naciones?
¿No debería América Latina aspirar a una relación internacional basada en el respeto mutuo, la soberanía y el diálogo entre iguales?
Quizás la pregunta más importante sea esta:
¿qué tipo de orden internacional queremos para el futuro de nuestros pueblos: uno basado en la subordinación y el miedo, o uno construido sobre la dignidad, la autodeterminación de los pueblos, la soberanía y la cooperación auténtica?
Porque, al final, más allá de las cumbres, los discursos y las fotografías oficiales, lo que está en juego no es solo la política exterior de nuestros gobiernos, sino el lugar que América Latina decida ocupar en el nuevo orden internacional.


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