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León XIV llama a España a renovar su fe en Cristo: “Que no sea museo del pasado que visitar”

MADRID, España.-El Papa León XIV presidió en la plaza de Cibeles una celebración revestida de solemnidad y cargada de historia para la Iglesia y el pueblo español: la procesión del Corpus Christi.


 Esta fiesta litúrgica hunde sus raíces en Bélgica, cuando la monja Juliana de Cornillon promovió la institución de una festividad dedicada al Santísimo Sacramento. 

La iniciativa se extendió rápidamente por toda la cristiandad, con especial arraigo en España. El Papa Urbano IV la confirmó en 1264 y, apenas unas décadas después, llegó a la península, donde el rey Alfonso X el Sabio participó en la celebración en Toledo en 1280. 

 Con el paso de los siglos, esta tradición se consolidó aún más, convirtiendo a España en uno de los principales baluartes de la defensa eucarística frente a la teología protestante. 

En el contexto del Concilio de Trento, mientras en otros países europeos se cuestionaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía, en España se siguió exaltando gracias a esta arraigada expresión de fe popular. 

 “Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país”, señaló el Pontífice durante la Misa celebrada en la plaza de Cibeles, uno de los símbolos más reconocibles de Madrid, coronado por la figura de la diosa romana sobre su carro tirado por leones.

 Uno de los participantes comentó con gracia que, con el Pontífice en Madrid, la capital española tiene tres leones.

 La plaza de Cibeles es un lugar conocido internacionalmente también por ser el escenario en el que el Real Madrid celebra sus títulos, pero donde, en esta ocasión, todo giraba en torno a Cristo. 

“No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo”, explicó el Papa durante la celebración eucarística previa a la procesión. 

 El recorrido, de apenas 600 metros por la calle de Alcalá —una de las arterias más céntricas de la capital—, bastó para presentar a Cristo como una presencia cercana a los hombres. 

 El Papa dijo que no es “una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético”. “Aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros”, enfatizó en la homilía. 


 El Santo Padre se detuvo también a admirar “la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos”. 

La calle de Alcalá lució especialmente engalanada, con un total de 16 alfombras florales —ocho a cada lado— confeccionadas con más de 30.000 claveles. 

 En este sentido, subrayó que “la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en cambio, en una invitación para el hoy, para nuestra vida personal, para nuestras relaciones, para la sociedad, para la construcción del futuro”. 

 Numerosos fieles acompañaron al Pontífice en la procesión. Entre ellos, destacaban varios niños y niñas que habían recibido recientemente la Primera Comunión. 

 León XIV dirigió además un mandato claro “para la España de hoy y de mañana”: “Que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy”. 

 La fe, afirmó, es una “escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. Una escuela, añadió, “que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común”. 

 El Papa citó a San Manuel González García (1877-1940), conocido como el “Obispo de los Sagrarios Abandonados”, y señaló que su vida “nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día”. 

 “Abrámonos al encuentro con Él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría. Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza. La gracia eucarística nos transforma, pero también nos convierte en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza para quienes encontramos”.

(fuente: aciprensa)


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